miércoles, 5 de marzo de 2008

Me gusta más cuando caminas a mi lado. Así, ves? A mi lado. No delante mío con una carrerita apresurada, como un solcito acelerado, como un incendio impaciente. Me gusta que camines a mi lado, a la misma velocidad. Ya sé que tus pasos son más largos, que tus grandes zancadas son el doble que las mías, pero camina pues a mi lado. Sí, es cierto que a veces me gusta caminar sola, pero para qué salgo a caminar contigo si voy a caminar sola? Si caminas delante mío tienes que parar de vez en cuando para ver por dónde ando yo, y entonces mi instinto es el de apurarme, pero por qué tengo que apurarme si no estamos atrasados para nada, si el sol va a seguir poniéndose con o sin nosotros en frente, si la tarde se desliza suavemente, por qué apurarme? No tenemos que conversar mientras caminamos, sabes? Claro, puedes contarme lo que quieras, puedo contarte yo también lo que sienta, pero no es obligatorio. Podemos simplemente mirar cómo se va oscureciendo despacito el azul, cómo se inflan y se iluminan las nubes en el cielo, cómo se van juntando las aves para cantarles juntas a la tarde. No hay que hablar en realidad. Podemos solamente compartir el silencio mientras todos los colores del día se pintan en el aire, mientras escuchamos los suspiros de la tarde, los pedacitos de noche que se van despertando. No hay necesidad de estropear tremendo espectáculo con palabras. Las palabras sobran a veces, sabes? Pero claro, no siempre, algunas veces son necesarias, imprescindibles, precisas. Entiendes? Propias, escenciales, vitales… claro, uno tiene que aprender cuándo son ineludibles y cuándo dispensables; ya lo iremmos aprendiendo juntos, no nos apresuremos, deja que el tiempo nos enseñe, dejemos que la tarde nos azule, nos contagie, nos abrace. Pero por mientras, ven y camina a mi lado, no delante mío con una carrerita atolondrada, camina a mi lado, despacio y sereno. Camina a mi lado y en un instante inaplazable, puedes colgarte de mi mano, como un impetuoso solcito enamorado.

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